"Estoy buscando un rancho", dijo el hermano del Z-40

Los pobladores nunca imaginaron que aquel hombre "educado y cortés" era hermano de uno de los más grandes capos de la droga en México.

Parecía una escena extraída del anuncio de una marca de cigarrillos. El hombre con camisa de cuadros, sombrero, hebilla prominente y botas sucias descendió de la troca, limpió sus pies en el tapete que dice "quítese el lodo" y entró a la humilde oficina de la alcaldía de Lexington --población 2 mil 152 habitantes-- hace poco más de un año, por ahí de abril o mayo.

Se acercó al mostrador y pidió hablar con la encargada de Obras."Estoy buscando un rancho que esté afuera de los límites de la ciudad", dijo el vaquero, apoyando los codos sobre la madera barnizada.

Hablaba con autosuficiencia, con un inglés que apenas traicionaba un acento hispano, aunque a leguas se veía que era mexicano o mexicano-americano, algo muy poco habitual aquí, en donde 92 por ciento de las personas son blancas."Quiero comprar un terreno para criar caballos", dijo.

"¿Un rancho para criar caballos? Señor, esta es la capital de los caballos de cuarto de milla del mundo", le respondió Lisa Hadley, de la dirección de Obras de Lexington, Oklahoma, una colección de casas y granjas que se autodefine como "una pequeña gran ciudad" y en la que no mucho, en realidad casi nada, ha pasado a lo largo de sus 123 años de historia, más allá de algunos tornados.

El vaquero solo sonrió. Así es como Hadley reconstruye el inicio de la historia de José Treviño Morales --hermano de uno de los líderes de los Zetas-- en la aldea de Lexington, justo en el corazón de la Oklahoma rural, una región de granjas, horizontes largos y espacios abiertos en la que no solo los mexicanos escasean y la crianza de caballos de carreras es una de las industrias más reconocidas, sino en la que los eventos de los últimos días han dado una idea de cómo el narco mexicano puede mimetizarse para penetrar los rincones más impensables de la Unión Americana.

A unos días de que el FBI y la DEA revelaran que el hermano de Miguel Treviño, mejor conocido como el Z-40, tenía propiedades en distintos puntos de Estados Unidos y que utilizaba el rancho dentro de sus actividades de lavado de dinero, Lexington no se recupera del shock colectivo de saberse en el centro de un negocio ilícito y trasnacional.

"A Mr. Treviño lo recuerdo como un hombre muy educado, muy cortés. Hablaba muy buen inglés", dice la funcionaria. "Era de un trato muy fácil".

Nunca se imaginó que a quien tenía enfrente era al hermano de uno de los más grandes y temidos capos de la droga en México.

"¡Jamás! Yo pensé que solo era un vaquero, porque eso era lo que parecía. Era un hombre educado, amable y agradable. Muy agradable. Y sabía de leyes locales. Hasta combatió exitosamente un intento por rezonificar su propiedad. Ahora que lo pienso, que bueno que siempre fui educada con él. Vaya que sí".

Charlie McCown, administrador de la ciudad, asegura que jamás se vio a Treviño participar en los asuntos de la comunidad. Nunca asistió a las reuniones de padres de familia de la escuela local o de planeación urbana. Simplemente compró su rancho y decidió vivir discretamente, sin ruidos, fiestas o excesos.

El Departamento de Policía de Lexington, una minúscula fuerza con 10 integrantes y tres patrullas, supo que algo gordo iba a pasar el pasado 13 de junio, cuando uno de sus alguaciles se encontró con un hombre con chaleco antibalas escondido detrás de un granero.

Eran las 6 de la mañana y el patrullero realizaba su rondín tradicional cuando vio al hombre salir detrás del silo. La encargada del radio en la oficina del alguacil recuerda que un agente del FBI se presentó a la comandancia a avisar por cortesía que estaba por arrancar una redada, aunque no dio detalle alguno sobre quién era el blanco.

"Nosotros no sabíamos de nada", dijo la secretaria, quien pidió no ser nombrada. "De todas formas, el rancho está fuera de nuestra jurisdicción".

Y es que Treviño eligió bien la ubicación de su rancho: justo a las afueras de la ciudad, en la frontera entre Lexington y el condado de Cleveland. Al estar en esa zona, el Departamento de Policía local no puede patrullar en sus confines y su vigilancia recae en el sheriff del condado, que al tener más poblaciones bajo su control, rara vez envía oficiales a la zona.

Por eso, cuando la ciudad de Lexington propuso a mediados del año pasado anexar el rancho a sus límites para ampliar el número de contribuyentes, Treviño regresó a la alcaldía a combatir la moción con argumentos legales.

"Nos dijo que se oponía a la rezonificación y dio sus razones", recuerda Hadley. En particular insistió en no querer pagar más impuestos. "Al final nos convenció de no hacerlo".

Con 28 hectáreas de extensión, el rancho de Treviño --llamado Zule Farms, en honor a su esposa, Zulema-- es tan grande que no hay nada que se le compare en el condado de Cleveland, en el que se encuentra Lexington.

Es tan extenso que estructuras como sus caballerizas son claramente visibles desde el espacio. La imagen satelital muestra que está salpicado también por puntos cafés y negros. Son caballos: decenas y decenas de ellos, pastando apaciblemente en sus prados.

Una búsqueda en Google maps revela que la propiedad de Treviño tiene hasta dos pistas de carreras de lo que parece ser tamaño profesional en su interior.

A estas alturas, la propiedad ha retomado la normalidad. Los oficiales federales se han ido y los caballos siguen pastando. En su interior, varias camionetas blancas se encuentran estacionadas y cuadrillas de hombres trabajan en lo que, parece ser, es la alimentación de los caballos que quedan.

Pero la DEA y el FBI no se fueron con las manos vacías. Lejos de eso. Además de a Treviño, los federales se llevaron 4 caballos pura sangre que están valuados en varios millones de dólares y que han ganado distintos derbys: el mismo día de la redada, se apropiaron de Corona Cartel, Dashing Follies, Mr. Piloto y Tempting Dash, cuatro corceles que han ganado, entre sí, quizá unos 10 millones de dólares y que son altamente codiciados como sementales.

Tan solo con el decomiso de Coronal Cartel y Dashing Follies, dos de los caballos que fueron tomados por el gobierno estadounidense, Washington se hizo de dos sementales cuya numerosa descendencia --casi 3 mil potrillos-- ha ganado, según la revista especializada Racing Quarter Horses, 81 millones de dólares.

Las yeguas, los potrillos y otros equinos menos famosos que ahora pastan sin dueño en las afueras de Lexington, en la próxima a desaparecer Zule Farms, no interesaron tanto y serán vendidos en subastas una vez que concluya el proceso de extinción de dominio.

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